No nos rendiremos

Martes 24 de julio de 2018

LA RED DE DERECHOS HUMANOS DEL SUROCCIDENTE COLOMBIANO – reddhfic Comunica:

Municipio de Cajibio, Corregimiento el Carmelo, Vereda Michinchal, cerca de las 6:00 de la mañana, sobre la vía que comunica el centro poblado de La Vereda La Independencia y el centro poblado de el corregimiento El Carmelo hace presencia un grupo de hombres vestidos con prendas de uso privativo de las Fuerzas Militares (camuflado) quienes portaban armas largas, gorras y pasamontañas color negro.

Seis (6) de ellos instalan un retén móvil sobre la vía inter veredal y proceden a detener a las personas que transitaban por el lugar a pie, en motocicletas o carros.

A varias de las personas les dijeron que ellos eran de las autodefensas y en adelante iban a ejercer el control de la zona. A algunos de ellos les preguntan por el paradero la presidenta de la Junta de Acción Comunal de la vereda la independencia, el coordinador cocalero y por el presidente de la Asociación Campesina y por la autoridad tradicional del resguardo indígena de Path Yu Municipio de Cajibio, afirmando que “ellos tenían conocimiento de que estaban en el territorio”.

Al notar la presencia de estas personas y por quien estaban preguntando, varios comuneros buscan en la vereda la Independencia al líder, directivo campesino, comunal y defensor de Derechos Humanos, JOSE WILLIAM OROZCO, y le dicen que están ahí para activar mecanismos de protección comunitaria.

Cerca de las 4:30 de la tarde, se desarrolla un mecanismo de protección comunitario y logran que JOSE WILLIAM OROZCO se ponga a salvo.

Posteriormente delegados de la Red de Derechos Humanos del Suroccidente Colombiano “Francisco Isaías Cifuentes” y de la Red Nacional de Garantías y Derechos Humanos de la Coordinación Social y Política Marcha Patriótica, solicitan ante instituciones estatales que se active una Misión Humanitaria de emergencia con el fin de ubicar con vida a JOSE WILLIAM y sacarlo del lugar en el que se encontraba.

De acuerdo a la solicitud, delegados/as de instituciones informan que se realizara un operativo de control perimetral a fin de garantizar condiciones de seguridad para que los integrantes de la misión humanitaria ingresen a la zona.

Miércoles 25 de julio de 2018

Municipio de Popayán, cerca de las 5:30 de la mañana, inicia su recorrido una Misión Humanitaria compuesta por delegados de la Red de Derechos Humanos del Suroccidente Colombiano “Francisco Isaías Cifuentes”, el Proceso de Unidad Popular del Suroccidente Colombiano – PUPSOC y la Coordinación Social y Política Marcha Patriótica Cauca.

Pese a la solicitud de acompañamiento institucional y del operativo de control perimetral realizado por la Fuerza Pública, NINGUNA institución se hizo presente en el Municipio de Cajibio con el objeto de acompañar la Misión Humanitaria.

Municipio de Cajibio, Corregimiento el Carmelo, Vereda Michinchal, Cerca de las 6:30 de la mañana, sobre la vía que comunica el centro poblado de La Vereda La Independencia y el centro poblado de el corregimiento El Carmelo nuevamente hace presencia un grupo de hombres vestidos con prendas de uso privativo de las Fuerzas Militares (camuflado) quienes portaban armas largas, gorras y pasamontañas color negro. Seis de ellos instalan un retén móvil sobre la vía inter veredal y proceden a detener a las personas que transitaban por el lugar a pie, en motocicletas o carros.

Posteriormente la cabecera Municipal de Cajibio, varios campesinos del lugar manifestaron su interés de acompañar la Misión Humanitaria e iniciaron el recorrido hacia la vereda Michinchal. Cerca de las 8:30 la misión humanitaria toma contacto con el líder social JOSE WILLIAM OROZCO y proceden a acompañar su salida del lugar.

Ante el control territorial ejercido por el grupo Paramilitar, y las amenazas de muerte que han venido circulando, a través de panfletos en el Municipio de Cajibio, sumado a la intimidación de que el grupo paramilitar haya preguntado por el Presidente de la Asociación Campesina, el líder, directivo campesino, comunal y defensor de Derechos Humanos, JOSE WILLIAM OROZCO, decide salir del Municipio en condición de Desplazado Forzado.

No me arrepiento un solo día del camino que escogí. Dicen por ahí que es mejor morir por algo que pasar toda una vida sin haber hecho nada.

 | 2019/05/18 15:53

El 25 de julio cumplo un año lejos de mi casa. Salí una tarde con ayuda de los vecinos, los mismos que esa mañana me pusieron en alerta. El panfleto que unas semanas atrás llegó a la sede campesina y pasó de mano en mano por el municipio cobró sentido. Ya no se trataba solo de una amenaza. Un grupo de hombres armados y algunos encapuchados montó un improvisado retén muy cerca de donde vivía. A todo el que pasaba le hacían la misma pregunta: ¿dónde está William?

Desde entonces, cada mañana sé dónde amanezco, pero no dónde me cogerá el anochecer.

Yo no fui el único que dejó la finca y todo lo que tenía. Detrás de mí también salió mi familia. Si yo no tengo claridad de lo que está pasando, mucho menos ellos. Aun así, no me puedo exponer a que algo les pase; por eso reforcé mis medidas de seguridad y las de ellos. Tengo un escolta, al que todavía no me acostumbro, un chaleco y un celular. Sin embargo, las dos garantías que este tiempo me han mantenido con vida sin duda son haber dejado mi hogar y el trabajo organizativo que he construido con la comunidad.

A la fecha, en Cajibío (Cauca) han asesinado a tres miembros de la Asociación Campesina. Somos alrededor de 500 núcleos familiares los que nos organizamos desde hace más de nueve años. Trabajamos por la defensa de la tierra; no solo de los grupos armados con los que históricamente nos hemos enfrentado por la autonomía del territorio, sino también de aquellos que han querido sacar ventaja en medio del conflicto y se han hecho a las mejores tierras.

La mía no ha sido una lucha temprana. Llevo años en contacto directo con la gente, pero apenas desde hace cuatro decidí asumir el liderazgo con destreza. Hasta allá me arrastró la defensa de los derechos de los campesinos y el acuerdo de paz. Basta una cifra para entender lo que nos está pasando. Alrededor de tres o cuatro familias producen en una o dos hectáreas en mi pueblo. En su mayoría café, yuca, fríjol o cultivos de pancoger. Mejor dicho, algo qué echarle a la olla.

Son alrededor de 200 familias que en su momento fueron desplazadas las que hemos logrado reubicar con mi gestión y la de otros colegas. Este trabajo, sin embargo, no ha sido fácil. No solo porque el Estado, tras la dejación de armas de las Farc, no consiguió ocupar las zonas que dejó la exguerrilla, sino también porque estamos enfrentándonos cara a cara con multinacionales. Las mejores tierras que hay en mi región están dedicadas a producir pino y eucalipto de manera industrial.

Pero esa no ha sido la única batalla; nos hemos ido de frente en la lucha contra la minería. No nos faltaron agallas para destruir la maquinaria de quienes vienen a explotar inescrupulosamente nuestro territorio. Lo último que nos unió fue el acuerdo de paz. A pesar de que antes de la firma nosotros abonamos el terreno con los cultivadores de coca para buscar salidas a la legalidad, celebramos que en el acuerdo se haya hecho una propuesta integral para intervenir los territorios. El problema es que nos dejaron con los crespos hechos. Se firmó un acuerdo colectivo municipal, pero ahí se estancó todo. Es necesaria una solución integral al tema ilícito.

Hemos tratado estos años de fortalecer y articular el trabajo con otras organizaciones como Fensuagro, Marcha Patriótica y Pupsoc. Así, de pronto, viendo que somos muchos los que tenemos el mismo reclamo, conseguimos que nuestra voz tenga eco. Todos pedimos lo mismo: que no solo ofrezcan garantías de seguridad para habitar y proteger los territorios, sino 

también que el Estado cumpla lo que alguna vez nos prometió.

No me arrepiento un solo día del camino que escogí. Dicen por ahí que es mejor morir por algo que pasar toda una vida sin haber hecho nada. Cada día tiene su afán, no es fácil, pero la satisfacción de ayudar a las comunidades que me necesitan hace que el esfuerzo valga la pena.